Capítulo Cuatro

Fidelia había cerrado el trato con Mia, pero no fue sencillo.

Aunque, en el fondo, nunca esperó que lo fuera.

Necesitaba que Mia confiara en ella, así que prometió enviarle un “regalo” antes del plazo acordado.

Provenía de una familia adinerada, pero su posición era solo simbólica. En público era la hija mayor. En privado, no tenía ningún cargo en la empresa ni acceso real al dinero o las propiedades.

Mientras conducía, decidió su siguiente parada.

Compró algunos conjuntos de ropa que usaría en sus futuras citas —solo tres, completos— y después se dirigió a un cibercafé.

Tenía que cumplir su promesa.

La promesa de demostrarle a su primera aliada de lo que era capaz.

Al entrar, observó el lugar con calma. Decenas de computadoras ocupadas, el murmullo constante de teclados y voces bajas. Eligió un rincón apartado, lejos del ruido.

—Empecemos.

Sus dedos comenzaron a moverse con rapidez sobre el teclado. Su expresión se volvió fría, concentrada.

Su objetivo era un joven rico y arrogante que acosaba a chicas menores por internet. Un depredador que utilizaba amenazas para conseguir fotos íntimas de sus compañeras.

En cuestión de minutos, Fidelia había tomado el control de su mundo digital.

—Pedazo de basura… —murmuró.

Si hubiera tardado un poco más, él habría publicado otro video desde una cuenta anónima.

Eliminó cada conversación, cada imagen, cada archivo comprometedor que guardaba. Pero no se detuvo ahí.

Del otro lado de la ciudad, Billy Barton miraba su teléfono con creciente desesperación.

—¿Qué demonios le pasa a mi móvil?

La pantalla parpadeó.

Un video comenzó a reproducirse.

Era él, riendo mientras intimidaba a unas chicas detrás del gimnasio del colegio.

Se quedó helado.

Había borrado ese video.

En la pantalla apareció un mensaje:

“Sigue así y el mundo entero lo verá.”

El teléfono volvió a la normalidad, pero el sudor ya corría por su frente.

Intentó borrar todo de nuevo. Pensó en cambiar de dispositivo. Se convenció de que podría seguir como siempre.

La pantalla volvió a encenderse sola.

El mismo video.

Otro mensaje:

“Última advertencia. No me pongas a prueba.”

Esta vez entendió.

Había provocado a alguien que no debía.

En el cibercafé, Fidelia no sonrió. No era diversión. Era justicia.

Pero aún no había terminado.

El siguiente movimiento fue más calculado.

Parte del dinero del joven desapareció de su cuenta y reapareció, dividido cuidadosamente, en otras tres cuentas.

En cada una dejó un único mensaje:

“Compensación.”

Tres víctimas.

Tres reparaciones silenciosas.

Cuando terminó, envió el video a Mia.

Minutos después, el teléfono de Fidelia vibró.

—Wow… ¿cómo hiciste—? —Mia se interrumpió y soltó una pequeña risa nerviosa—. Olvídalo. Tenemos un trato.

Y colgó.

---

Pero ese era solo el primer paso.

Fidelia tenía un plan mucho más ambicioso.

El verdadero motivo por el que había ido al cibercafé no era ese chico. Era alguien más grande.

Mucho más grande.

Andrian Richardson.

El “tercer hijo” del imperio Richardson. El prometido de Bridget.

Fidelia entrecerró los ojos.

No atacaría de frente.

Todavía no.

Esto debía ser lento. Doloroso. Irreversible.

En su vida pasada, Andrian había invertido en activos digitales cuando nadie creía en ellos. Se volvió absurdamente rico… hasta que lo perdió todo tras un misterioso ataque financiero.

Esta vez, Fidelia iba a adelantarse al destino.

Accedió a información que Andrian creía enterrada. Movimientos financieros. Inversiones estratégicas. Activos ocultos.

Y allí estaba.

Criptomonedas.

—Así que aquí escondiste el dinero… —susurró.

Con movimientos precisos y calculados, redirigió sus activos digitales hacia múltiples carteras imposibles de rastrear a simple vista.

No dejó cabos sueltos.

Cuando terminó, cerró sesión, retiró su dispositivo y apagó el equipo.

Apretó los puños, conteniendo la adrenalina.

Luego tomó su teléfono.

—Hola. Habla Fidelia Crawford.

—Sí, claro. La futura cuñada. ¿Qué necesitas?

—No estés tan seguro de eso —murmuró ella.

Andrian rió con ligereza.

—¿A qué debo la llamada?

—Para ayudarte. Revisa tus cuentas.

Silencio.

Luego otro silencio más largo.

—Esto es una broma, ¿verdad?

—Revisa —insistió ella.

Pasaron unos segundos.

La respiración de Andrian cambió.

—¿Quién eres realmente?

—Alguien que puede devolverte todo.

Él no era un tonto. Sabía que no tenía ventaja.

—¿Qué quieres?

Fidelia no dudó.

—Es simple.

Hizo una pausa.

—Cásate conmigo.

Y colgó antes de que pudiera responder.

Segundos después, le envió la ubicación donde se encontrarían.

Fidelia había cerrado el trato con Mia, pero no fue sencillo.

Aunque, en el fondo, nunca esperó que lo fuera.

Necesitaba que Mia confiara en ella, así que prometió enviarle un “regalo” antes del plazo acordado.

Provenía de una familia adinerada, pero su posición era solo simbólica. En público era la hija mayor. En privado, no tenía ningún cargo en la empresa ni acceso real al dinero o las propiedades.

Mientras conducía, decidió su siguiente parada.

Compró algunos conjuntos de ropa que usaría en sus futuras citas —solo tres, completos— y después se dirigió a un cibercafé.

Tenía que cumplir su promesa.

La promesa de demostrarle a su primera aliada de lo que era capaz.

Al entrar, observó el lugar con calma. Decenas de computadoras ocupadas, el murmullo constante de teclados y voces bajas. Eligió un rincón apartado, lejos del ruido.

—Empecemos.

Sus dedos comenzaron a moverse con rapidez sobre el teclado. Su expresión se volvió fría, concentrada.

Su objetivo era un joven rico y arrogante que acosaba a chicas menores por internet. Un depredador que utilizaba amenazas para conseguir fotos íntimas de sus compañeras.

En cuestión de minutos, Fidelia había tomado el control de su mundo digital.

—Pedazo de basura… —murmuró.

Si hubiera tardado un poco más, él habría publicado otro video desde una cuenta anónima.

Eliminó cada conversación, cada imagen, cada archivo comprometedor que guardaba. Pero no se detuvo ahí.

Del otro lado de la ciudad, Billy Barton miraba su teléfono con creciente desesperación.

—¿Qué demonios le pasa a mi móvil?

La pantalla parpadeó.

Un video comenzó a reproducirse.

Era él, riendo mientras intimidaba a unas chicas detrás del gimnasio del colegio.

Se quedó helado.

Había borrado ese video.

En la pantalla apareció un mensaje:

“Sigue así y el mundo entero lo verá.”

El teléfono volvió a la normalidad, pero el sudor ya corría por su frente.

Intentó borrar todo de nuevo. Pensó en cambiar de dispositivo. Se convenció de que podría seguir como siempre.

La pantalla volvió a encenderse sola.

El mismo video.

Otro mensaje:

“Última advertencia. No me pongas a prueba.”

Esta vez entendió.

Había provocado a alguien que no debía.

En el cibercafé, Fidelia no sonrió. No era diversión. Era justicia.

Pero aún no había terminado.

El siguiente movimiento fue más calculado.

Parte del dinero del joven desapareció de su cuenta y reapareció, dividido cuidadosamente, en otras tres cuentas.

En cada una dejó un único mensaje:

“Compensación.”

Tres víctimas.

Tres reparaciones silenciosas.

Cuando terminó, envió el video a Mia.

Minutos después, el teléfono de Fidelia vibró.

—Wow… ¿cómo hiciste—? —Mia se interrumpió y soltó una pequeña risa nerviosa—. Olvídalo. Tenemos un trato.

Y colgó.

---

Pero ese era solo el primer paso.

Fidelia tenía un plan mucho más ambicioso.

El verdadero motivo por el que había ido al cibercafé no era ese chico. Era alguien más grande.

Mucho más grande.

Andrian Richardson.

El “tercer hijo” del imperio Richardson. El prometido de Bridget.

Fidelia entrecerró los ojos.

No atacaría de frente.

Todavía no.

Esto debía ser lento. Doloroso. Irreversible.

En su vida pasada, Andrian había invertido en activos digitales cuando nadie creía en ellos. Se volvió absurdamente rico… hasta que lo perdió todo tras un misterioso ataque financiero.

Esta vez, Fidelia iba a adelantarse al destino.

Accedió a información que Andrian creía enterrada. Movimientos financieros. Inversiones estratégicas. Activos ocultos.

Y allí estaba.

Criptomonedas.

—Así que aquí escondiste el dinero… —susurró.

Con movimientos precisos y calculados, redirigió sus activos digitales hacia múltiples carteras imposibles de rastrear a simple vista.

No dejó cabos sueltos.

Cuando terminó, cerró sesión, retiró su dispositivo y apagó el equipo.

Apretó los puños, conteniendo la adrenalina.

Luego tomó su teléfono.

—Hola. Habla Fidelia Crawford.

—Sí, claro. La futura cuñada. ¿Qué necesitas?

—No estés tan seguro de eso —murmuró ella.

Andrian rió con ligereza.

—¿A qué debo la llamada?

—Para ayudarte. Revisa tus cuentas.

Silencio.

Luego otro silencio más largo.

—Esto es una broma, ¿verdad?

—Revisa —insistió ella.

Pasaron unos segundos.

La respiración de Andrian cambió.

—¿Quién eres realmente?

—Alguien que puede devolverte todo.

Él no era un tonto. Sabía que no tenía ventaja.

—¿Qué quieres?

Fidelia no dudó.

—Es simple.

Hizo una pausa.

—Cásate conmigo.

Y colgó antes de que pudiera responder.

Segundos después, le envió la ubicación donde se encontrarían.

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