Fidelia había cerrado el trato con Mia, pero no fue sencillo. Aunque, en el fondo, nunca esperó que lo fuera.Necesitaba que Mia confiara en ella, así que prometió enviarle un “regalo” antes del plazo acordado.Provenía de una familia adinerada, pero su posición era solo simbólica. En público era la hija mayor. En privado, no tenía ningún cargo en la empresa ni acceso real al dinero o las propiedades.Mientras conducía, decidió su siguiente parada.Compró algunos conjuntos de ropa que usaría en sus futuras citas —solo tres, completos— y después se dirigió a un cibercafé.Tenía que cumplir su promesa. La promesa de demostrarle a su primera aliada de lo que era capaz.Al entrar, observó el lugar con calma. Decenas de computadoras ocupadas, el murmullo constante de teclados y voces bajas. Eligió un rincón apartado, lejos del ruido.—Empecemos.Sus dedos comenzaron a moverse con rapidez sobre el teclado. Su expresión se volvió fría, concentrada.Su objetivo era un joven rico y arrogante
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