Solo fue entonces que Sebastian vio que ambas manos de Sabrina estaban cubiertas con el popó amarillento del bebé. Aino se rio al instante. “Dios, mamá, mira tus manos”.
Sabrina miró de soslayo a su hija con molestia. “Te ríes, pero fuiste igual que cuando eras una bebé. Necesitabas mucha atención y hacías mucho popó. Hacías popó unas cuantas veces al día y era tan amarillo como este”.
Aino inmediatamente contuvo su risa. “Mamá, ¿el popó de mi hermano apesta?”.
“No apesta. Huele y verás. E