Apoyado sobre la puerta Ibrahim esperaba, cruzando de brazos. —Arreglamos la abertura del caño, tal como tus inconvenientes, señor Falco.
—Dime ya, cuáles son tus pruebas, sobre romper ese tratado, si es ninguna déjame de hostigar con esto.
Puedes hacerte el sordo, pero jamás el ciego, cuando veas que mis palabras son reales, espero sigas reaccionando igual. —Se suelta el cabello blanco y largo, Ibrahim, diciendo. —Como quieras.
En la salida del almacén, una curiosa Daesa, fingía no haber esc