Mundo ficciónIniciar sesiónFinalmente el viaje acabó y pronto llegaron a la casa del abuelo Ferreira. Allí es donde se supone que vivirán, pues, es la mansión familiar y Arnaldo toda su vida la ha pasado en ella.
—Ah, queridos, ya han regresado de su luna de miel. Cuéntenme como les fue, ¿se divirtieron? —pregunta con sarcasmo dirigido especialmente a su nieto, que lo observa con ojos de fuego, pero calmado, puesto que no le puede faltar el respeto al anciano.
—Ya estamos aquí, mi querido abuelo. Hemos viajado y nos hemos divertido tanto como tú lo deseabas.
Ahora estoy muy cansado, esposa, te dejo en manos de este señor bondadoso para que te muestre tu habitación. —Dijo Arnaldo a la chica.
—Un momento querido nieto, ustedes están casados y, por lo tanto, dormirán en la misma habitación, pero no en esta casa. —aclaró el abuelo.
El señor Ferreira le entregó un manojo de llaves a Madison, ella lo tomó con manos temblorosas temiendo la reacción que tendrá su marido.
—Me niego, me has obligado a contraer matrimonio con una desconocida y también me estás echando de mi casa, aquí he pasado toda mi infancia, no es justo lo que me estás haciendo. —Protestó el muchacho berrinchudo.
—¡Cálmense los dos! —Interrumpió la chica—, disculpe, señor Ferreira, pero si su hijo no está dispuesto a dormir conmigo está bien. Debe comprender que los dos estamos casados sin amor, la verdad es que ninguno de los dos nos llevamos bien por el momento, por favor denos un poco de espacio. —Pidió Madison.
—¿Señor Ferreira dices? ¿A quién le llamas así? —protestó el anciano, Madison tembló al ver su temperamento porque temió haber hecho enojar al hombre.
—Yo soy tu abuelo, niña, no quiero que te vuelvas a dirigir a mí, como señor. —finalizó con una sonrisa. Madison sintió que su alma volvió al cuerpo y soltó un suspiro de tranquilidad.
—¿Qué hacen aquí todavía? Ya es tiempo de que estén desempacando sus cosas en su nuevo hogar.
—No me iré, lo siento mucho, pero no quiero otra casa que no sea en la que yo crecí.
Arnaldo se niega a estar a solas con su mujer, teme que vuelva a suceder lo que vivieron la última noche de luna de miel, teme que su belleza lo conquiste y entonces se quedará atrás la promesa que le hizo a su madre el día de la boda.
—No me importa si te quieres quedar o no, lo que yo quiero es que me den un bisnieto lo más pronto posible. —sentenció el anciano y se gozó al ver la reacción de ambos.
—¡Qué!
Exclamaron los esposos al mismo tiempo, viendo con incredulidad al anciano.
—Te prometo que cuando mi bisnieto nazca, al minuto siguiente te convertirás en el dueño de todo mi imperio. ¿O prefieres que tu tío Óscar se quede con toda la herencia Ferreira? Tú decides. —sentenció.
—Arnaldo, hazle caso a tu abuelo y vayámonos a esa casa que dice, ¿no crees que será mejor estar a solas para que nadie vea que pasaremos discutiendo? —dijo en voz baja.
—Tienes razón, Madison. Mi abuelo quiere hacerme un mal, entonces lo aprovecharé para hacérselo a él —sonrió con malicia.
Arnaldo fue a su habitación para preparar su maleta, en ese momento su madre no se encuentra en casa y las cosas son más fácil, así, de lo contrario, ella se estaría oponiendo.
—Niña, te pido que le tengas un poco de paciencia a esa bestia, tengo la esperanza de que con tu bondad y amor lo vas a domar y se convertirá en un hombre diferente.
Madison sonrió con amabilidad por respeto, ella sabe que lo que el anciano desea es imposible de lograr, Arnaldo la odia y esa es la única verdad.
Los esposos llegaron a su nuevo hogar, una casa demasiado grande para el gusto de la chica y demasiado pequeña para el chico que está acostumbrado a vivir en la gran mansión.
Arnaldo eligió para él la habitación principal y le dijo a Madison que escogiera para ella cualquiera de las dos restantes. Ella, muy gustosa, se retiró a la suya, feliz de no tener que compartir espacio cercano con su marido arrogante.
—¡Maldito egoísta!— murmuró.
—¿Qué dijiste? —gritó el hombre que apenas la escuchó.
—Que eres un estúpido, ojalá esta noche te caigas de la cama y te golpees tan fuerte que no puedas levantarte mañana.
—Cállate, muerta de hambre, por tu culpa no seré feliz mientras dure nuestro matrimonio. Es la última vez que me tratas de esa forma, soy tu esposo, soy mayor que tú y tengo mucho dinero, hay muchos motivos por los que tienes que respetarme.
Espero que esta noche te enfermes y te mueras para no tener que soportarte el resto de los meses que nos quedan por vivir juntos. —escupió el esposo.
Eso podría haberle dolido a Madison, pero no fue así. Ella sonrió, arrastró su maleta hasta su habitación y se encerró para luego llorar y maldecir su mala suerte. Mientras que Arnaldo fue a un club nocturno a divertirse con sus amigos y como de costumbre, las mujeres merodean a su alrededor como buitres esperando caerle al chico millonario.







