Terminaron de comer y, entre plática y plática, la noche avanzaba velozmente, aunque lentamente para los esposos, que a pesar de querer mucho al señor Ferreira en esta ocasión prácticamente no era bienvenido y querían que los días pasaran rápido para que él se marchara.
—Abuelo, es muy noche ya, deberías de ir a dormir.
—Ustedes también háganlo. Aunque, Madison, no me has dicho que te ha pasado en la cabeza, no creas que soy tonto, esperaba a que tú lo contaras.
—No es nada grave, tampoco impor