Mundo ficciónIniciar sesiónLa casa se sentía más pequeña de lo que Sofía recordaba.
No físicamente. Emocionalmente. Como si algo ya se hubiera ido de ella, y nada hubiera llenado el vacío. Se quedó parada en la entrada un largo rato antes de entrar. —¿Mamá?No hubo respuesta.
Silencio. Demasiado silencioso para un hogar que antes se sentía lleno de vida. Sofía se movió lentamente por la sala, sus tacones rozando suavemente el suelo de mármol. Todo parecía… normal.Perfecto, incluso.
Lo cual lo empeoraba.
Porque nada en esto era normal.
—¿Mamá? —volvió a llamar—. —Estoy aquí. La voz provenía del despacho de su padre. Sofía se quedó inmóvil. Sintió un nudo en el estómago. Entonces caminó hacia allí. Empujó la puerta… Y se detuvo. Su padre no estaba solo. Dos hombres de traje estaban sentados frente a él. Abogados. Por supuesto. En el instante en que Sofía entró, la habitación cambió. Tensión. Incomodidad. Algo tácito. Su padre se levantó rápidamente. —Sofía… —No —la interrumpió—. No finjas que esta es una visita normal. Los abogados intercambiaron miradas. Incómodos. Culpables. Bien.Deberían sentirse así.
Sofía se adentró más en la habitación.
Quiero la verdad.
Su padre suspiró, frotándose la sien. —Ahora no es el momento…
—Sí que lo es —espetó—. Firmaste un contrato que me obligó a casarme. Creo que merezco una explicación. Silencio. Denso. Entonces uno de los abogados carraspeó.Señorita Álvarez —comenzó con cuidado—, el acuerdo era mutuamente beneficioso…
—No —dijo con frialdad—. No lo disfraces. Su mirada se dirigió de nuevo a su padre. —Lo sabías —dijo ella—. Antes de la boda. Sabías que Camila no iba a seguir adelante.Su expresión vaciló.
Solo por un segundo.Pero fue suficiente.
A Sofía se le revolvió el estómago.—Lo sabías —repitió, más suave ahora—. Y aun así me dejaste entrar en esa iglesia.
La voz de su padre bajó. —No teníamos opción.
La rabia se apoderó de ella.
—¡Deja de decir eso! —espetó—. Sí que tenías opción; ¡simplemente elegiste el dinero antes que a mí!
—Eso no es justo.
—¿No? —Su risa fue aguda, hueca—. Entonces explícamelo. ¡Explícame cómo terminé casada con un hombre que lo planeaba todo!
La habitación quedó en silencio.
Demasiado silencio.Sofía contuvo la respiración.
Lo vio. El cambio. La vacilación.—No lo sabías —dijo lentamente.
Su padre frunció el ceño. —¿Saber qué?
Su pulso se aceleró. —No sabías que era yo.
La confusión se reflejó en su rostro.
—¿De qué hablas?
La mente de Sofía se aceleró.
Rápida.
Intensa.
Las piezas encajaban.
O tal vez…
se desmoronaban.—El contrato —dijo—. No se trataba de Camila, ¿verdad?
La expresión de su padre se endureció. —Claro que sí.
Pero Sofía ya lo oía.
La incertidumbre.
Las grietas.
—No —susurró—. No, algo anda mal.
Se giró hacia el abogado. —¿Quién redactó el contrato?
Un instante.
Entonces…
—Montero Holdings.Su corazón dio un vuelco.
Claro.
Claro que sí.
Sofía retrocedió lentamente.
—Esto no fue un trato —dijo—. Fue una trampa.
—Sofía…
—¿Cuándo lo conociste? —exigió.
Su padre vaciló.
“Hace meses.”“¿Cuántos?”
“Seis.”
Seis meses.
Se le cortó la respiración. Algo se le retorció en el pecho.Hace seis meses…
Un destello de memoria rozó su mente.Borroso.
Distante. Una noche en la que no había pensado en mucho tiempo. Una gala benéfica. Un nombre falso. Una historia que perseguía.Su pulso se aceleró.
No.
No, eso era imposible. Sacudió la cabeza levemente.“Necesito ver la habitación de Camila.”
Su padre abrió la boca… y la cerró.Porque sabía que no podía detenerla.
La habitación de Camila estaba intacta.
Demasiado intacta.
Como si nunca se hubiera ido.
O como si alguien se hubiera asegurado de que pareciera así.
Sofía entró lentamente. Sus ojos recorrieron todo. La cama. La cómoda. El espejo. Todo perfectamente ordenado.Demasiado perfecto.
Sintió un nudo en el estómago.Camila no era así de ordenada.
Era organizada, sí, pero no… artificial.
«Esto no está bien», murmuró Sofía.
Se acercó a la cómoda.
Abrió el primer cajón.
Ropa.
Segundo cajón.
Joyas.Nada fuera de lo común.
Pero algo no cuadraba.
Como si faltara algo.
O estuviera oculto.
Su mirada se dirigió al tocador.
Maquillaje perfectamente alineado. Frascos de perfume intactos.Y entonces…
Una pequeña libreta negra.Sofía frunció el ceño.
La cogió. La abrió. En blanco. Todas las páginas.Excepto una.
Se le cortó la respiración al leerla. Una sola línea escrita con la letra de Camila.«Pregúntale por Valencia».
A Sofía se le aceleró el corazón.
¿Valencia?
¿Qué significaba eso?
¿Un lugar?
¿Una persona?¿Un recuerdo?
Su mente iba a mil por hora.Y entonces…
La golpeó.Fuerte.
Rápido. Inevitable. La gala. Hace seis meses. Había usado un nombre falso.Una identidad falsa.
Una vida diferente por una noche.Y…
Se le cortó la respiración. Le había dicho a alguien que era de Valencia. Un escalofrío le recorrió la espalda.“No…”
Eso no era público. Eso no era algo que nadie pudiera rastrear.A menos que…
Su corazón empezó a latir con fuerza.A menos que él hubiera estado allí.
A menos que…
La hubiera conocido. Sofía apretó con más fuerza el cuaderno. Su pulso retumbaba en sus oídos.Y de repente…
todo cobró sentido. La forma en que pronunció su nombre. La forma en que la miró. La forma en que se fijó en cosas que ningún extraño debería saber. Esto no era casualidad.Esto no fue un error.
Esto fue…
intencional.“Ahora lo recuerdas”.
Sofía se quedó paralizada. Todo su cuerpo se quedó inmóvil. Lentamente… se giró. Y allí estaba él. Apoyado en el marco de la puerta. Como si hubiera estado allí el tiempo suficiente para verla comprenderlo. Su respiración se volvió irregular.“Valencia”, dijo.
No era una pregunta.
Una revelación.
Rafael no se movió.
No lo negó.
No apartó la mirada.
Su corazón latía con fuerza.
“Lo sabías”, susurró. “Desde el principio”.
Una pausa.
Entonces…
“Sí”. La palabra lo destrozó todo.El pecho de Sofía subía y bajaba rápidamente.
“Lo planeaste”, dijo. “El contrato. La boda. Todo”.
Silencio.
Entonces…
“Sí”. Sus manos temblaban.Ira.
Conmoción.
Algo más profundo que se negaba a nombrar.—¿Por qué? —preguntó.
Rafael se apartó del marco de la puerta.
Dio un paso hacia ella.
Lento. Seguro. Porque ahora… no se escondía.Ahora…
había dejado de fingir.Su mirada se clavó en la de ella.
Oscura. Intensa. Sin disculparse. —Porque ya te elegí.Se le cortó la respiración.
El corazón se le paró.
Luego se aceleró.
Violentamente.
Descontrolablemente.
—No —susurró, sacudiendo la cabeza—. No, no puedes hacer eso. No puedes decidir sobre mí…
—Ya lo hice.La seguridad en su voz le heló la sangre.
Seis meses atrás. Una noche. Una mentira.Y de alguna manera…
todo había conducido a esto. A él. A todo. El pecho de Sofía se oprimió dolorosamente. —Ni siquiera me conoces.Rafael se acercó.
Lo suficiente como para que el aire se tensara. Lo suficiente como para que ella no pudiera ignorarlo.Sé lo suficiente.
Su pulso se aceleró.
Conoces una versión de mí que no era real.
Algo peligroso brilló en sus ojos.
¿No es así?
La pregunta caló hondo más de lo que debería.
Porque por un instante… Sofía no supo la respuesta.Cuando Rafael extendió la mano, casi tocándola, Sofía comprendió la verdad más aterradora de todas:
Quizás no recordara esa noche… Pero su corazón sí.






