Ha sido una cena encantadora.
El silencio que dejó el brindis de Jason todavía flotaba sobre la mesa cuando Oliver decidió lanzar la última flecha.
Porque, por supuesto, el muy imbécil no podía terminar una cena sin intentar incendiar algo.
Estaba reclinado en su silla, girando la copa entre los dedos con esa calma estudiada que siempre precedía a algo venenoso.
Parecía relajado.