Guapísimo e insufrible.
La luz de la mañana entraba por los ventanales de la cocina con una claridad casi agresiva, como si el día se hubiera empeñado en dejar al descubierto todo lo que la noche anterior había dejado a medias.
Esmeralda bajó las escaleras ajustándose el bolso al hombro. Llevaba un traje negro sencillo, el cabello recogido y el maquillaje justo para disimular las pocas horas de sueño, aunque ni el corrector había conseguido borrar por completo el cansancio de sus ojos.