Sus ojos siguen clavados en los míos mientras termino de masticar y tragar la comida, esperando a que rompa el silencio. No pienso permitir que ponga sus manos sobre mí. Para eso están las sirvientas que pueden ayudarme a bañarme.
—No podrás bañarte por ti misma en ese estado —señala, y frunzo el ceño. Siempre me culpa por mis actos como si fuera un santo —. No me mires así, tu cuerpo desnudo no me tienta.
—¿Qué? —me ruborizo, pero de rabia.
—¿Quién crees que se encargó de ti cuando te desmayas