A los veinticinco años, experimenté de lleno el sufrimiento de una Oracelia al presenciar el destino de la esposa de mi tío Richard. Tal como predijo mi abuelo, llegó al castillo profundamente enamorada. Bélica Montemayor, así se llamaba la próxima incorporación a la galería de retratos.
La observaba desde lejos, una belleza impresionante, mientras mi tío, a pesar de su naturaleza tímida y reservada, le mostraba afecto. Como mi padre antes que él, había aceptado su destino y estaba decidido a c