Cuando ingresamos al castillo después de encontrarnos con Giselle, Joel ha estado sorprendentemente silencioso. Simplemente agarra mi mano y se deja guiar por mí. Puedo asegurar que tampoco le agrada esa mujer, y francamente, a mí tampoco. No es posible que me agrade la amante de mi esposo.
—¿Sucede algo, Joel? —me detengo en medio del pasillo y me inclino para estar a su altura—. ¿Te sientes mal?.
Él me mira fijamente a los ojos. De repente, extiende su brazo y con su mano suave acaricia mi ro