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—Tengo hambre. ¿Puedes parar y prepararme la cena? En lugar de perder el tiempo con tonterías, ¿por qué no haces tu parte como mi esposa? —su voz sonó sarcástica y autoritaria.
Maya se puso de pie de golpe y dejó su portátil sobre la mesa.
—¿Qué acabas de decir? —sus cejas se juntaron con incredulidad.
—No seas perezosa y haz tu papel de mujer casada —repitió Oliver con indiferencia, sin inmutarse por su reacción.
Maya sintió que la sangre le hervía.
Lo miró directamente a los ojos, su enojo re