.18.
Con su traje de casa puesto, tomó su portátil y volvió al sofá. Se acomodó colocando una almohada sobre su regazo y puso la computadora encima.
—Bueno, ¿qué más podía esperar? —murmuró al recordar que Oliver ni siquiera había compartido la contraseña del Wi-Fi con ella. Negó con la cabeza, incrédula. No podía creer que existiera un hombre como él.
Afortunadamente, su conexión de datos en el móvil era lo suficientemente fuerte como para usarla como punto de acceso.
Maldición, ¿cómo puedes ser ta