Una vez que estuvieron en la oficina, Enzo se sentó en su cómoda silla sirvió un buen vaso de whisky, Hanna rodeó el escritorio y fue directo a él, con su mirada puesta en la suya y la mandíbula tensa le dejaba claro que se encontraba furiosa en su contra.
—Ni se te ocurra intentar golpearme, porque te aseguro que no me encuentro de buen genio para tolerar tus estupideces —advirtió Enzo.
—¿Quién intentó acabar con mi vida?, es difícil no pensar que se trate de usted, me quiere lejos y piensa q