Selene meció a su beba contra su pecho, mientras revisaba en el diario los avisos de empleo disponibles. Cualquier trabajo le vendría bien, con tal de ganar algo de dinero. Agotada, levantó la mirada y contempló el atardecer desde la pequeña ventana de la cocina.
Preocupada, observó el reloj de pared. Eran las siete de la tarde, estaba por anochecer y todavía no había vuelto su amiga. Le había dicho que como máximo llegaría a las cinco de la tarde si pasaba a mitad de camino por una tienda de