La cena estaba en su punto más tenso cuando noté que Rosana, una de las sirvientas, se acercaba a mí. Su rostro estaba pálido, sus manos temblaban ligeramente. Podía sentir que algo no andaba bien.
—¿Qué ocurre? —le pregunté, tratando de ocultar la ansiedad que comenzaba a invadirme.
Ella me miró a los ojos, y en ese instante supe que lo que tenía que decir no sería nada bueno.
—No beba nada —me susurró, tan bajo que apenas pude escucharla—. El señor colocó un líquido en su vino para d