Capítulo XXVIII. Una víbora en el paraíso.
Samary.
Gracias a la metedura de pata de nuestros amigos la tensión que había entre Daimon y yo se relajó, ya no me sentía tan avergonzada, recordando a la mujer en la que me había convertido la noche anterior, ni saltaba ante la mínima provocaciones de ciento empresario.
Vale y Bacon habían hecho bastantes locuras, y se habían puesto en suficiente evidencia ante el mundo, como para que la pasión que había despertado Constantine en mí, tuviera mucha repercusión, a la hora de tratarnos el uno al