El archivo permanecía abierto en el teléfono de Amanda como un arma cargada.
No lo había tocado en horas, pero se sentía más pesado con cada minuto que pasaba: cada nombre, cada acusación, cada fecha marcada por un silencio deliberado. La verdad no gritaba. Esperaba.
Luca la observaba desde el otro lado del ático, sin decir nada. Había aprendido que el silencio de Amanda significaba reflexión, no miedo.
Finalmente, ella rompió el silencio.
—Quien haya enviado esto —dijo— conoce a Jason mejor de