La llamada volvió a sonar.
Aria frunció el ceño. “¿Quién es ese?”
“Soy yo… Damian.”
Sus ojos se abrieron como platos. ¿Damián? ¿En su puerta? ¿A esta hora?
Abrió la puerta un poco demasiado rápido.
“Hola”, dijo suavemente.
Aria se mantuvo firme, bloqueando la entrada, manteniendo la puerta entreabierta como si no estuviera lista para dejarlo entrar—o dejarle ver más de lo que quería.
“Hola”, respondió con frialdad.
“¿Puedo entrar?” preguntó.
“¿Por qué?” Su voz era pura sospecha.
“Porque… quie