DANTE
El frío del despacho me recorrió como un golpe directo al pecho. Las paredes estaban cubiertas de mapas, proyecciones de movimientos y nombres, pero nada de eso importaba ahora. Cada dato, cada cifra, cada informe parecía irrelevante frente a la traición que acababa de recibir.
El mensaje llegó como un cuchillo envuelto en silencio: uno de los clanes que había apoyado mi ascenso, que había compartido contratos, territorios y secretos, se retiraba. La excusa era simple, calculada: yo estaba “contaminado” por el archivo.
Mi propia fuerza, mi reputación construida a sangre y estrategia, no podía protegerme de lo que alguien más veía como un defecto. Contaminado. Esa palabra resonó en mi mente, pesada, como un latido de muerte.
Los llamé, uno por uno, buscando racionalidad donde solo había miedo. La línea estaba fría, distante. Sus palabras eran precisas: “Dante, no podemos seguir contigo. Tu vínculo con el archivo… te ha cambiado. Nos arriesgamos si seguimos apoyándote. Lo sentimos