Después de colgar el teléfono, Aitana se quedó pasmada por varios minutos.
—¿En qué piensas? Pareces alma en pena.
Lucía salió de su oficina y se encontró con Aitana, absorta con su celular en mano. Aunque Aitana no tenía un puesto oficial, no dejaba de presentarse cada día en el Grupo Valenzuela. No era por ambición, sino por el estatus que le confería ser heredera de la familia Valenzuela, lo que le valía miradas de respeto por doquier. Ese sentimiento de superioridad la tenía encantada.
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