Ana expresó sus preguntas directamente.
Por un instante, la expresión de Luella se torció. No había previsto que Ana pudiera adivinar sus intenciones tan fácilmente; ella era más inteligente de lo que había imaginado. Sin embargo, aunque Ana lo interrogara, él no podía revelar nada. Si lo hacía, todo lo que había hecho hasta ahora se perdería, y además, podría poner en peligro a su madre.
Por ello, aunque Luella sentía culpa hacia Ana, optó por jugar al despistado:
—No entiendo a qué te refieres