La garganta seguía ardiéndome, quería tomar agua, los latidos al fondo fue la confirmación de que mi bebé seguía aferrada a mí, eso implicaba que debía dejar la rabia a un lado y pensar en el acto de mi padre. No abrí mis ojos, era consciente de que Alejandro no tenía la culpa. Pero sentía mucha rabia, ¡esa maldita le quitó la vida a mi papá!, mi papá, mi papá, no tuve tiempo de reivindicarme por no estar los últimos siete años compartiendo con él, de eso solo yo era la culpable. Comencé a llor