—¿Sierra? —pregunta la mujer detrás del mostrador mientras revisa la lista de visitantes esperados.
—Sí —respondo.
—Sube —dice ella.
Asiento y paso junto a ella hacia los ascensores. Subo al cuarto piso y encuentro la habitación 410. Respiro profundamente, como suelo hacer antes de ir a una “cita”. Luego toco la puerta.
Un chico rubio y larguirucho abre la puerta.
—¿Sierra? —dice. Asiento.
—Qué linda —dice mientras abre la puerta de par en par y me hace señas para que entre. Es lindo, tiene eda