Julián y Mateo caminaron hacia el despacho de Diego, las sombras del atardecer ya alargándose por los pasillos de la mansión Álvarez. Julián, ansioso por ayudar a su amigo, tenía una misión clara en mente. Al llegar a la puerta del despacho, la abrió sin dudar, encontrando a su padre sentado tras un imponente escritorio de caoba. Diego, al verlos entrar, levantó la mirada, ya intuyendo lo que su hijo le iba a pedir.
—Papá, quiero pedirte un favor —dijo Julián mientras tomaba asiento—. Mateo nec