La mañana había comenzado como cualquier otra en la casa de los De Santos. Sofia, su hermana Valeria y su madre Isabella estaban sentadas en la mesa del comedor, disfrutando de un desayuno tranquilo. La conversación fluía con la naturalidad de siempre, entre risas suaves y comentarios ligeros sobre los planes del día. Las tres mujeres, ajenas a la tormenta que se avecinaba, compartían ese momento familiar sin sospechar que, en cuestión de minutos, su mundo daría un giro devastador.
De repente,