Capítulo 37
Cada embestida se siente como una despedida silenciosa, un castigo y un alivio a la vez. Yo me aferro a sus hombros anchos, clavando mis uñas en su espalda, llorando de rabia y de placer, sabiendo que este momento es el hermoso y cruel final de todo.
—Córrete para mí, Sandra. Dame tu placer.
—¡Es tuyo! —grito, sintiendo que estoy cerca de explotar.
—Di mi nombre —me pide al tiempo que muerde mi labio inferior.
—¡Dante!
Gimo con fuerza cuando el clímax nos alcanza; es una explosión q