POV DE JASON
El silencio en la cámara de preparación era más pesado que cualquier puerta de mazmorra. Sarah estaba sentada frente a mí, bañada y vestida con ropa limpia que le colgaba del cuerpo como si fuera de otra persona. Los sanadores habían hecho lo que pudieron: acomodar su brazo roto, tratar los peores cortes, alimentarla con caldo. Pero el daño iba más allá del hueso y la piel. Sus ojos, antes tan agudos y alertas como los de un halcón, estaban vacíos. Seguían los movimientos, pero la inteligencia detrás de ellos parecía enterrada bajo capas de dolor y desconfianza.
Me senté frente a ella, no en mi trono, sino en un taburete sencillo. Sin guardias. Sin Ancianos. Solo nosotros. El aire olía a hierbas antisépticas y a miedo.
—Sarah —comencé, manteniendo la voz baja, como quien habla cerca de un niño dormido o un animal herido—. Lo que Simeon dijo en el patio… sobre rescatarte…
Su risa fue un sonido seco, quebradizo, que se transformó en tos.
—¿Rescatar? —escupió la palabra como