POV DE ELIZABETH
Desde la cuna me enseñaron que los palacios no son simples hogares. Son tableros de ajedrez.
Mi padre, el difunto Alfa Última, no me mecía en sus rodillas; me sentaba junto a su trono y me enseñaba a leer el silencio entre las peticiones. No me dio muñecas; me dio mapas de alianzas, líneas de sangre trazadas como constelaciones sobre pergamino.
“No naciste para que te amen, Elizabeth,” me decía, su voz como un trueno lejano. “Naciste para ser necesaria. Para ser la arquitectura sobre la cual se construye la estabilidad.”
El amor era una frivolidad. Una vulnerabilidad. Un veneno delicioso y peligroso para gente menor.
Mi propósito era claro: casarme con el poder. Convertirme en la Luna cuya línea de sangre y crianza reforzaría un reinado.
Era matemáticas. Era destino.
Cuando los Ancianos de la Ciudadela llegaron a la finca de mi familia, con sus túnicas blancas deslizándose sobre nuestro mármol, sentí el encaje de una última pieza perfecta entrando en su lugar.
Jason,