POV DE ELIZABETH
Desde la cuna me enseñaron que los palacios no son simples hogares. Son tableros de ajedrez.
Mi padre, el difunto Alfa Última, no me mecía en sus rodillas; me sentaba junto a su trono y me enseñaba a leer el silencio entre las peticiones. No me dio muñecas; me dio mapas de alianzas, líneas de sangre trazadas como constelaciones sobre pergamino.
“No naciste para que te amen, Elizabeth,” me decía, su voz como un trueno lejano. “Naciste para ser necesaria. Para ser la arquitectura