El crepúsculo teñía el cielo de tonos cálidos cuando Fiorina, con una mezcla de nervios y deseo, deslizó suavemente la tanga blanca hacia un lado, dejando su piel húmeda, más sensible e íntima, al descubierto.
Sus manos temblaban apenas, pero su mirada firme reflejaba la confianza que sentía al estar con ese hombre que la amaba.
Con delicadeza, levantó el vestido por encima de su cabeza, dejándolo caer en pliegues suaves sobre el suelo, revelando la piel que Giorgio había anhelado desde q