El silencio que quedó entre los dos se volvió más estrecho, más cálido, como si el aire mismo los empujara a acercarse. Fiorina seguía sentada sobre sus piernas, sintiendo bajo sus muslos el calor de su cuerpo a través de la tela húmeda del traje, y fue consciente de cómo la respiración de Giorgio cambiaba poco a poco, volviéndose más profunda, menos contenida.
Lo miró.
De verdad.
Ya no al hombre que había sostenido el mundo todo el día.
Sino al hombre que estaba ahí, desarmado solo para e