— Tienes que estar jugando — dice mientras intenta retener las risas. — Nadie puede tener tan mala suerte.
Emil termina de beber su jugo antes de poder contestar a las palabras de la pelinegra. Dejando el vaso sobre la mesa, la mira fijamente y sigue con su conversación.
— Pues estás frente a uno — asegura con total calma y "orgullo" en su voz.
— ¿Cómo pasó? — pregunta con interés.
— ¿De verdad quieres saber cómo me usaron de trampolín romántico? — pregunta con gesto incrédulo.— Eres cruel.