Lo primero que notó Analía cuando estaba en las afueras de la ciudad fue la tensa postura de todos los miembros de Agnaquela. Para nadie era un secreto que recibir a los vampiros en su ciudad fue una decisión muy poco popular, pero nadie dijo nada. Ni siquiera el ridículo de Henry, que siempre aprovechaba cada decisión complicada de Salem para tratar de embaucar a la manada en su contra, dijo nada. Sabían que era algo necesario, sabían que tenían que hacerlo si querían ganar la guerra contra lo