138| Perdón y placer.
Alexander estaba sentado en el alféizar de la ventana, observando las luces de la aldea que se colaban por el vidrio. Cerró los ojos y en la oscuridad de sus párpados encontró a su madre, con las pupilas dilatadas, de pie junto a Stephan, presa de una maldición. Su padre en la cárcel, su abuelo prófugo.
Se apoyó las manos en la cara y lloró. Se sentía tan estúpidamente solo, tan vacío, tan impotente. Bastian no estaba ahí para consolarlo. El transformista se había comportado frío y distante, y