Todos caminaron hacia el pequeño palacio. Analía observó, conmocionada, cómo Salem veía por primera vez su ciudad, cómo observaba las casas hechas de madera, las calles, cómo veía sorprendidos los rostros de las personas que los saludaban en la acera, personas a las que él reconocía el olor y al fin podía ponerles un rostro. Pero cuando llegaron a una esquina, se recostó sobre un poste que sostenía un enorme candelabro que iluminaba la calle en la oscuridad de la noche y parpadeó un par de vece