Una semana ha pasado, y para amara el silencio del hospital ya no le resulta ajeno. Es como una segunda piel que se le ha adherido al cuerpo desde que su padre cayó en coma. El pitido del monitor se volvió un metrónomo cruel que marca la vida… y también la incertidumbre.
Amara esta sentada al lado de la camilla, con los codos apoyados en las rodillas, las manos enlazadas y la mirada perdida en algún punto del vacío. Sus ojos están hinchados de tanto llorar, pero las lágrimas siguen cayendo, t