Las puertas de la iglesia se abren de golpe con un estruendo que sacude las paredes. Oficiales armados irrumpen como una marea oscura, gritando órdenes, apuntando sus armas hacia todos lados, buscando entre los escombros de la escena. El olor a pólvora aún flota en el aire, y entre los bancos caídos y las flores pisoteadas, se arrastran los rastros de un desastre recién desatado.
Las ambulancias ya están afuera. Sus luces rojas y azules destellan sin cesar, tiñendo de urgencia el rostro de qui