Él baja la mirada, sus manos tiemblan. –No digas eso, Sophie. No sabes lo que siento, no puedes ni siquiera imaginar…
—¿No puedo imaginar? –lo interrumpe ella, dando un paso hacia él. – ¡Claro que puedo! Porque yo también lo sentí, lo viví, lo esperé… –su voz se quiebra. – Pero tú siempre estabas en otro lugar, en otra historia, amando a alguien más
Cristóbal levanta la cabeza, con los ojos enrojecidos. –Amara no es la mujer que amo– dice con voz rota, casi un ruego. – No lo es, Sophie. Lo