El cielo está gris, como si también contuviera la respiración. No hay viento, ni pájaros, ni señales de movimiento. Solo esa calma expectante, densa, que antecede a los momentos en los que todo puede cambiar para siempre.
El auto negro se detiene frente al registro civil privado, un edificio de piedra clara, discreto y elegante, rodeado de rosales y de un silencio que parece pactado. Amara baja primero. El vestido marfil se mueve con ella como si la conociera desde siempre: sencillo, de líneas