–¡Come, maldita perra, te dije que comas! –grita el hombre, con los dientes apretados por la rabia, mientras le empuja con brutalidad una cucharada de arroz frío y apelmazado contra los labios resecos de Amara.
Ella gira el rostro con desesperación, pero no logra evitar que parte de la comida se deslice por su boca. La saliva mezclada con el sabor agrio del encierro le revuelve el estómago. Escupe con fuerza. El bocado impacta de lleno en el rostro de su captor, manchándole la mejilla con rest