De repente, la puerta se abre de golpe y el Dr. Herrera aparece en el umbral. Tiene la frente perlada de sudor, el cabello pegado a la piel, las manos aún cubiertas con los guantes manchados de adrenalina y urgencia. Su bata blanca parece arrastrar el peso de la batalla recién librada.
–Lo recuperamos –anuncia, con voz grave, y la frase cae en la sala como un balde de agua tibia sobre un incendio. No es alivio completo, pero es oxígeno para pulmones que estaban a punto de estallar. Hace una pa