Horas después, cuando el sol comienza a caer detrás de los edificios del centro y la luz dorada se filtra a través de los ventanales como si intentara aferrarse a los últimos minutos del día, Amara se detiene frente a la puerta del despacho de Jean Pol con el corazón latiéndole demasiado fuerte para alguien que pretende aparentar calma, y durante un breve instante permanece inmóvil, con la mano suspendida en el aire, consciente de que ese simple gesto –tocar o no tocar– separa la vida que conoc