La oscuridad de la oficina cerrada se sentía como un peso físico, expulsando el aire directamente de mis pulmones. En los monitores, los números digitales parpadeaban.
El sonido de botas tácticas resonaba a través de las paredes de concreto.
Mi mente seguía atrapada en la puerta cerrada. Estaba pensando en la mirada fría y vacía de la tía Marissa. El peso de la traición era sofocante. Esta era la misma mujer que me arropaba en la cama cuando estaba enferma. La misma mujer que me preparaba el al