Valentina volvió en sí sin abrir los ojos. No necesitó hacerlo para entender que todo había cambiado. La conversación que había escuchado seguía golpeándole la cabeza con la misma fuerza que antes de perder el conocimiento. Cada palabra estaba ahí, clara, firme, imposible de borrar. No había confusión, no había espacio para dudar. La verdad se había instalado sin pedir permiso.
La voz de Agnes llegó después, pidiéndole que se calmara. Esa voz, que tantas veces le había dado seguridad, fue el de