Sus labios se entreabrieron.
Intentó hablar. Pero su respiración la traicionó. Sus ojos, esos malditos ojos verdes: nerviosos y curiosos.
—No pienso detenerte —musitó.
La besé, devoré su boca para que supiera cómo sabía ella misma y se diera cuenta del monstruo que había despertado. Tomé su mano temblorosa y la guié directamente a mi polla pulsante que estaba a punto de romper la tela de mis pantalones. Abrió los ojos de golpe.
Mierda. ¿Cómo carajos iba a contenerme, sin lastimarla?
—¿Conf