EL ALCAIDE Y SUS PRISIONEROS
El aire en la sala de calderas de la Penitenciaría Estatal Ironwood era tan denso que casi se podía masticar: hierro oxidado, polvo quemado y ese jabón industrial barato que nunca lograba quitarte del todo el hedor a cárcel de la piel. El vapor siseaba desde una válvula agrietada como si respirara con nosotros, cubriendo el sonido del bofetón húmedo de mis caderas contra el culo de Leo.
Lo tenía inmovilizado con fuerza contra el transformador eléctrico que zumbaba;