NATALY
El silencio del despacho de Gabriel se quebró con el golpe seco de tres gruesas carpetas de piel sobre el escritorio de caoba.
Alessio, al otro lado de la mesa, me miraba con una mezcla de conmoción e incredulidad contenida. No estaba acostumbrado a ver a la “chica de Reims” sentada en el sillón de su primo, revisando los libros contables con un bolígrafo de oro entre los dedos y los labios pintados de un rojo sangriento.
—Esto es una locura, Nataly —soltó Alessio, pasándose la mano por