CASSANDRA
Tragué saliva con fuerza, a punto de hablar, pero Marco se me adelantó.
—¡¿Qué carajo haces aquí?!
—Yo debería preguntarte eso a ti, viendo que estás en mi dormitorio. ¡Sin una pizca de vergüenza! —respondió Nathan, y pude sentir un dolor agudo formándose en mi cabeza.
—¡Lárgate! —tronó Marco.
—Esta es mi habitación; si alguien debería irse, eres tú, Padre —respondió Nathan, con el tono destilando veneno—. Levántate, inclina la cabeza con vergüenza y sal de mi cuarto.
El silencio llen