Al día siguiente, apenas tuve oportunidad de asimilar esa nueva vida. Pues al terminar mi desayuno, Sebastián fui a mi habitación y me pidió ir con él. Lo hice a regañadientes.
En silencio subimos al elevador. Pero cuando presionó el botón de la recepción, no pude reprimir mi curiosidad.
—¿A dónde vamos?
Él no dijo nada al principio, esperó hasta que las puertas comenzaron a abrirse. Entonces me tomó de la mano y tiró de mí fuera del elevador.
—Aun eres una desconocida —dijo con simplez